Al faro, de Virginia Woolf, o perseguir la obra y vestirse de rojo


No es noticia: la nueva ministra 
de cultura en Colombia, una experta en seguridad y defensa, promueve desde antes de su posesión la idea de “librar una batalla cultural”. Hay que tener la imaginación de un borracho para creer que a una idea así le espera un futuro auspicioso; tan cándido como

aspirar a que Marx pierda relieve, cosa que, a su vez, de pronto incluya en sus rezos la nueva ministra de educación. Está claro que los de su bando no saben expresarse si no es en términos de la milicia, servil por definición. Mientras tanto, mientras me obligo a sacudirme de la coyuntura (a dejar de pensar en 'bandos'), leo en las memorias Apunte del pasado de Virginia Woolf: “Ayer (18 de agosto de 1940) cinco bombarderos alemanes pasaron tan cerca de Monks House que rozaron el árbol de la verja. Pero como hoy sigo viva y tengo una hora libre a mi disposición pues estoy escribiendo ficción y soy incapaz de escribir después de las doce seguiré con esta vaga historia”. La historia a la que se refiere es la de su propia vida; está escribiendo sobre los años alrededor de la muerte de su madre, que, nos enteramos gracias a estas memorias, están en la raíz de su novela Al faro, publicada en 1927.

Leí la novela y las memorias casi en paralelo como parte de una indagación que adelanto sobre la escritura biográfica, y no sabía, hasta entonces, que en ambos trabajos se alternan relatos familiares con reflexiones de Woolf a propósito del esfuerzo de la creación artística y el sentido de la obra de arte. Al faro me interpeló por esa razón entre otras, más allá de su estilo, por momentos, demasiado solemne. La novela propone una estructura sencilla y a la vez muy fina. En la primera parte, “La ventana”, el relato oscila entre lo que se ve desde la ventana de la casa familiar de verano, y lo que ven desde afuera quienes miran hacia esa misma ventana. Este mirar a través de un marco, desde adentro hacia afuera y también desde afuera hacia adentro, se va convirtiendo en una imagen de la vida psíquica, ese lugar desde el que vemos a los demás y nos situamos en las circunstancias, y que los demás a su vez interpretan en nuestras actuaciones, con mayor o menor precisión, siguiendo con la metáfora, dadas las condiciones de la luz y de la distancia. A través de esta imagen descubrimos el universo y el carácter de los personajes principales, y al mismo tiempo vamos leyendo también el esfuerzo de la escritora por inventar un decir novedoso en la tradición de su arte, por encontrar las formas más propicias para su invento, mientras que afuera de su propia ventana avanza la Guerra. En el horizonte de esta primera parte de la novela quedan fijados dos elementos centrales para el desarrollo del relato: el faro, adonde la familia iría, en una excursión que de momento no se realiza, y una pintura inconclusa que intenta completar un personaje decisivo en la historia.

En la segunda parte, “Pasa el tiempo”, apenas tenemos noticias de los personajes, y el transcurrir de la vida se nos narra a partir de la actividad de la naturaleza las transformaciones en el paisaje, los cambios atmosféricos, y del deterioro de la casa, que nos está hablando indirectamente de la vida de los personajes. Varios de ellos mueren en los años que siguieron a la promesa frustrada de la visita al faro, uno de ellos, muy joven, como consecuencia de la Guerra, pero el narrador elige contarlo de pasada, incluso, entre paréntesis, dentro de ese prolongado derrumbe de la realidad (que, por cierto, se asemeja visualmente al hundimiento recreado en la película The backrooms). Así, al contar la muerte casi de paso, se genera en la novela un contraste explícito con el espacio que el narrador le dedica al cuidado estético de la obra y a las meditaciones sobre el esfuerzo del trabajo creativo. También en sus memorias Woolf deja en el margen las menciones a la guerra, consciente de que mientras más oscuro resulte el mundo, más urgente resulta la experiencia del arte. En ninguno de los dos libros lo dice en esos términos, ni lo explica, pero en Al faro podemos intiurlo, por ejemplo, en su decisión de repetir a lo largo de la novela varios versos del poema “La carga de la Brigada Ligera”, de Alfred Tennyson, que nos estremecen sobre todo cuando nos enteramos de la muerte del joven Andrew Ramsey en la Guerra, a la que en cambio le dedica solo un renglón.

En la tercera parte, “El faro”, vemos de vuelta en la casa de veraneo a algunos de los personajes reunidos en la primera parte, y esta vez se emprenderá la excursión al faro prometida tantos años atrás, aunque, desde luego, no como entonces se imaginaba. Mientras que el título Al faro propone dirigir la mirada del lector y del espectador hacia una dirección específica, el título de la parte final, El faro, centra la atención en el objeto mismo, para que nos preguntemos con el narrador entre líneas: ¿qué es este faro? ¿Qué dice, qué muestra, qué oculta? Al contrastar la novela con las memorias de Woolf, uno intuye que el faro es la figura de su madre: hacia allá conduce la mirada la novela, y es a la vez una figura incierta, lejana, seductora, incompleta. Intermitente. Pero si nos limitamos al universo de la novela, vemos que el faro se refiere también a la obra misma en cuanto experiencia, a la determinación de haberse forzado al acto creativo, que significa recorrer la distancia que el horizonte promete, con su luz inasible, hasta alcanzar el todo de una imagen plena (la del cuadro que vemos completarse al final de la obra, como también la de la novela que estamos leyendo). La novela nos lleva hasta el faro, pero lo hace de maneras distintas a las que esperaban los personajes. Y, tal como les ocurre a ellos, tampoco nosotros llegamos allí del todo; por sobre el devenir, siempre voluble, de las circunstancias, lo que prima, lo que cuenta es la experiencia que vivimos mediante el esfuerzo de alcanzar la unidad (de la pintura, del libro; de la imagen hecha a pulso).

Lo primordial es entonces la obra. “Tengo la impresión de que al escribir estoy haciendo algo mucho más necesario que cualquier otra cosa”, leemos en Apunte del pasado, y pensamos en el carácter radical de esta ética del trabajo cuando imaginamos las tensiones del mundo durante el tiempo en el que Woolf escribe. Se empeña en escribir sus memorias, en medio de entradas como esta: “19 de junio de 1940. Hace dos días, el lunes 17, cuando nos sentamos para comer, John entró con mala cara y sus ojos claros más claros de lo normal, y dijo que los franceses habían dejado de combatir. Hoy los dictadores dictan sus condiciones a Francia. Entretanto, esta calurosa mañana, mientras una moscarda zumba y un órgano desdentado rechina y los hombres venden fresas a voces en la plaza, me encuentro en mi habitación del 37 de M S y me vuelvo hacia [la escritura sobre] mi padre.” Pero no solo el ruido de los bombarderos nos distrae de la obra. En sus meditaciones sobre la naturaleza del trabajo creativo, Woolf inisiste en el obstáculo que implica el derroche de tiempo al que nos obliga la vida social y emotiva. Para poder crear se requiere olvidar la propia personalidad y el propio nombre, para que las ideas puedan tener un espacio en el cual brotar y abrirse paso, nos dirá tanto en Al faro como en sus memorias.

De vuelta en el presente, estas lecturas me recuerdan por qué pienso que la creación no aspira a la resistencia ni debería invocarla como propósito. Porque el camino de la resistencia (y, mucho más, el del 'aguante') fija la oposición entre dos bandos estables, y, con ello, no solo afirma la capacidad de un poder para definir los bordes o la naturaleza del otro, sino que refuerza una de las consignas más rentables de nuestros tiempos, la de una identidad a la cual llamar propia. Mientras tanto afuera, en el monte, las hojas buscan el sol y hacia él van torciendo el tierno tallo que se rebela a la gravedad, hasta que un fruto se llena de jugos y su color resplandece, carnoso, aun bajo la sombra. Quiero ser como ellas.


Lucía H. Rodríguez


Bibliografía

Woolf, Virginia (2010). Momentos de vida. EspañaDebolsillo.

Woolf, Virginia (1984). Colombia. Seix Barral.

  

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